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Capítulo 1 · De Madrid al asfalto: cuando correr era mirar el reloj
De las primeras carreras populares en Madrid a las medias maratones de Córdoba, Sevilla, Málaga y Granada. El comienzo de una historia que también tuvo una pausa.

Había días en los que parecía que toda mi vida se medía en minutos.
Trabajaba en Madrid, en una de las grandes firmas de auditoría. Jornadas exigentes, plazos que cumplir y entregas que no podían esperar. El reloj marcaba buena parte de mi rutina. Y, curiosamente, cuando terminaba de trabajar y me ponía las zapatillas, volvía a mirarlo.
Esta vez no para llegar a una reunión o cumplir una fecha de entrega, sino para comprobar cuánto tardaba en recorrer cada kilómetro.
Los primeros kilómetros, en Madrid
Empecé con carreras populares de diez kilómetros. Correr me ayudaba a desconectar del trabajo, aunque, sin darme cuenta, trasladaba parte de aquella exigencia profesional al deporte.
En la oficina importaban los plazos. Corriendo, los ritmos. En ambos casos, parecía que siempre había que llegar un poco antes.
Recuerdo incluso alguna experiencia por la sierra madrileña, aunque hoy no sabría reconstruir con precisión aquellas fechas. Por entonces, lo habitual seguía siendo el asfalto y el reloj era un compañero constante.
Años después descubriría que había otra manera de correr: una en la que el reloj seguiría estando en la muñeca, pero dejaría de ser el protagonista.
De vuelta a Córdoba: el salto a la media maratón
Cuando regresé a Córdoba por trabajo, las carreras de asfalto continuaron, pero las distancias crecieron. Llegaron las medias maratones: Córdoba, Sevilla, Málaga y Granada.
Conservo algunos registros de 2018 y 2019. En noviembre de 2018 completé una media en Córdoba en 1:40:58. En enero de 2019 corrí en Sevilla 21,50 kilómetros en 1:36:37, mi mejor tiempo entre esos registros. Después llegaron Málaga, Granada y otra Córdoba, en noviembre de 2019.
No eran marcas extraordinarias, pero eran mis marcas. Cada una tenía detrás entrenamientos, madrugones y la satisfacción de haber llegado a meta.
Cuando el cuerpo obliga a parar
Creo recordar que fue durante las Navidades de 2019 cuando apareció la fascitis plantar. Una lesión que alteró aquella rutina de asfalto y me obligó a interrumpirla.
Lo curioso es que la lesión no explica por sí sola todo lo que vino después. En 2020 conseguí recuperarme. De hecho, conservo siete salidas entre junio y septiembre, algo más de 72 kilómetros. Podía volver a correr. Pero había algo que ya no era igual: el asfalto había dejado de engancharme.
Fui saliendo menos hasta que terminé por dejarlo. No fue una despedida solemne, ni una decisión tomada un día concreto. Simplemente, correr dejó de formar parte de mi rutina.
Durante un tiempo pensé que aquella etapa había terminado. Todavía no sabía que el camino de vuelta no iba a estar sobre el asfalto.
En el próximo capítulo: volver a correr, esta vez mirando hacia la montaña.